Gracias por haberme querido tan poco, tan mal y tan lejos que he acabado hundiéndome en la mierda. En la nuestra, porque toda esta porquería no la he producido solo yo. La mitad es tuya. Pero gracias.
Por abandonarme sin mirar atrás, sin decir adiós ni agitar un pañuelo. Sin dejar un post-it. Nada de nada. Gracias por obligarme a tener que contárselo al mundo para que dejaran de preguntarme por ti. Gracias por tu cobardía que alimentó mi yo más valiente y comunicativo. Gracias por haberme ignorado tanto y enseñarme cómo hacerlo. Gracias por todo, porque si no hubiera sido así, no hubiese renacido tan bien. Aunque tan tarde.
Gracias por hacerlo tan mal que la pena se convirtió en alivio. Que lo que parecía una gran pérdida solo fuera un peso de encima. Gracias por irte y por echarme, por mostrar que la palabrería barata, o cae por su propio peso, o acaba esfumándose. Como tú.
Gracias por tanto que acabó siendo tan poco, pero que me permite distinguir cuándo (o no) esperar. Que mi tiempo y mis ganas valen mucho más que alguien como tú. Que yo habré perdido días, semanas o meses, pero que tú aún no eres consciente de todo lo que has perdido. Y solo por hacerlo mal. Pero gracias por última vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario