La necesidad de huir se está volviendo abrumadora. Por las noches, puedo oír en mi cabeza un susurro bajo pero implacable e incontestable: “escápate”. Cuando cierro los ojos, mi cabeza se llena de imágenes de vidas pasadas y futuras, las cosas que soñé que quería, las cosas que tenía y tiré. Me resulta imposible relajarme, pues todo aquello en lo que pienso me lleva a un callejón sin salida: la galería cerrada, las casas en esta calle, las agobiantes atenciones de las tediosas mujeres de pilates o las vías al final del jardín con sus trenes, siempre llevando a otras personas a otros lugares, recordándome una y otra vez, una docena de veces al día, que yo permanezco inmóvil.
Me siento como si fuera a volverme loca.
Y, sin embargo, hace apenas unos pocos meses me sentía mejor. Estaba mejor. Podía dormir. No tenía miedo a las pesadillas. Podía respirar. Sí, a veces también quería huir. Pero no todos los días.
Paula Hawkins, La chica del tren
