Creo que solo te mereces cosas buenas. Y que yo esté cerca de ti. Aunque tú eres libre de pensar diferente. Pero a ratos, cuando te pienso con objetividad, me contradigo.
Porque querer no es dejarme con la palabra en la boca, es que las saques si el sacacorchos es un beso. Es que dejes de pensarme de madrugada para hacerlo durante todo el día. Es buscar un hueco en el agobio para propiciar el encuentro. Ese que lo disipa todo en la primera mirada. Todo lo opuesto a ti.
Y es que tú no sabes querer. Y yo ya no quiero hacerlo. Porque no concibo el querer sin dolor, pero tampoco puedo soportar más daño. Y es entonces cuando todo se vuelve imposibilidad.
Y que lo imposible se intenta decían, ¿no? ¿Y qué pasa cuándo ya no quedan oportunidades? ¿Y si esto es como un videojuego cuyo protagonista está abocado a la muerte porque ya no le quedan vidas?
Y ahora me asalta otra duda, ¿dejaré en algún momento de ser gato por ti? Por eso de las siete vidas, digo. Aunque es muy posible que las haya gastado todas contigo, porque no sé cuántas veces me has matado. Y casi mejor no saberlo para no tener que morirme del susto.
Y si ya no me quedan vidas contigo, ¿me quedarán para alguien más? ¿Será posible el reinicio de mi sistema operativo o lo has dejado tan obsoleto que ya nada hay que pueda hacerse por él?
Creo que ya no me quedan más dudas, a excepción de la gran incógnita de la humanidad: ¿a qué huelen las nubes?