A veces creo que solo buscabas un perrito faldero. Alguien que contase tus lunares todas las noches y te hablase de su belleza. Que se acomodase en tu pecho e hiciese de tu respiración la suya propia; de tus miedos, los suyos; de tus aficiones, su vida.
Estar ahí es lo que yo quería. En tu vida y vivirla a medias. Y tú la mía. Compartirlo todo sin tener que jugar por turnos. Lanzar el dado a la vez, avanzar casillas de la mano. Pero no.
Eras como Los Ojos del Guadiana, aparecías y lo inundabas todo pero, antes de que pudiera acostumbrarme a ti y al contigo, te ibas sin avisar.
El factor sorpresa perdió su gracia. Y todo lo demás acabó por cansarme más que un millón de maratones juntas. Y no lo entendiste. No sabías como alguien como tú, sabiendo querer tan bien por interés, no podía recibir lo mismo.
Pero éramos opuestos. Yo te necesitaba para todo y tú para casi nada. Y eso tampoco lo entendías.
Te lo expliqué hasta el hartazgo, hasta optar por la desviación de todo lo tuyo pareciendo que aún estaba contigo.
Cuando te diste cuenta me encontraba lejos y ya no me apetecía volver a casa. No me apetecías ni tú.