Soy tan patéticamente optimista que creo que todo el mundo tiene algo bueno. Sí, aunque a mí no me lo demuestren. Y me quedo esperando a que pase algo porque lo más recóndito de mi cerebro así me lo dice. Y a la misma vez veo que soy inmensamente gilipollas. Pero sigo pensándolo.
Maldita la hora en la que leí lo del hilo rojo del destino porque, como si aún creyera en los reyes magos, espero el avance. La jugada maestra, el movimiento decisivo que haga que mi estúpido optimismo merezca la pena. Como si todo fuera a acabar como La dama y el vagabundo comiendo espaguetis. Dos partes que se imantan hasta encontrarse en el mismo punto. Punto que debe ser el Triángulo de las Bermudas.
A ti también te maldigo, Disney. Ya no por los príncipes azules, que esos ni siquiera me interesan, pero sí por los finales felices. O unos menos tristes. O simplemente un final.