Todo lo que nunca te dije se me ha quedado justo aquí, haciendo tapón.
Tanto que ya no es posible el paso de sangre entre mis aurículas y ventrículos.
Se han vuelto compartimentos aislados,
como tú y yo.
Llorar a mares tampoco me sirve para ir liberando espacio,
porque las lágrimas están tomando parte activa en esto
que sospecho acabará en inundación.
Ni siquiera circula el aire.
Es más, creo que estoy empezando a amoratarme,
por fuera y por dentro.
Tampoco hay sol.
Todo se basa en un baile de oscuras nubes,
como si hubiese adquirido un abono “escala de grises”
que no recuerdo y cuya cancelación se me hace urgente.
Últimamente no salgo de ti,
ni tampoco a la calle.
Mi cerebro exige un poco de ventilación
y cada una de mis células algo de aire fresco
y, de seguir así, acabaré por apolillarme.
Aunque un poco más de autodestrucción no creo que vaya a notarse.