Colgué con la sensación de que tampoco estaba perdiendo tanto,
mi orgullo me decía que solo perdías tú.
Y le creí porque, en el ya no tan fondo,
sé que tiene razón.
Ahora puedes seguir esperando
a que de verdad te diga lo que iba a decirte,
pero me quedé sin ganas.
Porque ya no (me) merecía la pena.
Ni las ganas.
Y tan tranquila.
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