Prometió que aquel era su último intento, el más sincero y directo, por aquello de ser previo a la retirada.
Lanzó el guante con tal fuerza que la hostia ajena fue brutal. Ambos lo captaron y decidieron seguir en sus trece. Tres en este caso.
Uno hablaba con dureza, el otro asentía con dolor. Sabía cómo podía arreglarlo y, puede que hasta hacerlo diferente, pero optó por seguir igual. No era de emociones fuertes. Ni siquiera de emociones.
Acordaron correr tupidos velos conscientes de que uno solo no sería suficiente. Sabían que habrían de readaptarse, de volver atrás para estancarse, aunque quizá otra vez se animaran a seguir. Mejor dicho, por fin se animaran.
Pero aquello solo olía a tiempo y a más tupidos velos pasando a la velocidad de la luz, Así, al menos, durante bastante. Demasiado.
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