Hubo un día en que la casualidad le jugó una mala pasada.
Quién le mandaría buscar su teléfono sonando Promesas que no valen nada.
Quién le mandaría contestarle bajo esas circunstancias.
Y, sobre todo, quién le mandaría recurrir a las notas de voz.
Porque al final la casualidad se convirtió en una declaración de intenciones.
Porque pudo elegir cualquier otra canción,
incluso cualquier otra estrofa.
Pero no, se decidió inconscientemente por la primera parte,
aquella que suena mucho a amor propio,
a lo poco que le quería,
y a lo mucho que intentaba olvidarle.
Justo antes de atreverse a decir lo inútil que resultaba todo aquello,
de darle la vuelta a todas las promesas,
de darle la vuelta a todas las promesas,
de romperlas y decir que, además de seguir en lo mismo,
prometía pensar en ti y dejar que fuese la lluvia quien se llevase sus lágrimas.
Prometo no mandar más cartas y no pasar por aquí,
prometo no llamarte más y no inventar ni mentir.
Prometo no seguir viviendo así, prometo no pensar en ti,
prometo dedicarme solamente a mí.
Prometo que a partir de ahora lucharé por cambiar,
prometo que no me verás, que no voy a molestar.
Sabes que lo digo de verdad, que no voy a fallarte en nada,
que tengo mucha fuerza de voluntad, que no te fallaré en nada.
Prometo no seguir así, prometo que no voy a pensar en ti,
prometo dedicarme solamente a mí.
Y el aire que me sobre alrededor, y el tiempo que se quede en nada.
Nunca más escucharé tu voz, energía nunca liberada.
Promesas que se perderán en estas cuatro paredes,
como lágrimas en la lluvia se irán.
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