Lo bueno de las despedidas es que la incertidumbre
te hace decir aquello que siempre quisiste.
El no saber cuándo volverás a encontrarte con quien tienes delante
elimina cualquier tipo de filtro.
Todo deja de centrarse en hacer algo bonito para el recuerdo.
En lugar de eso, lo importante es quedarse agusto.
No vaya a ser que tengas que quedártelo para siempre
y sea algo que merecía escucharse.
Y saberse.
Y gritarse.
Mejor no hablemos de merecer,
que eso sí que son palabras mayores.
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