La falta de defensas es como un imán,
que atrae todo lo malo sin que haya sido llamado.
Y llega para quedarse contigo un rato,
lo suficiente como para destrozarte un poco.
Lo justo para hacerte guardar reposo,
para regalarte gran dolor corporal
y uno más grande de cabeza.
La falta de defensas no la curan los zumos de naranja.
Eso que si no tomabas rápido se quedaban sin vitaminas.
Ni siquiera con medicinas.
Se cura solo con mimos.
La falta de defensas te lleva al fracaso.
Al fracaso general.
Porque no luchas por pensar no saber.
O que no hay motivo.
Porque te quedas parado por comodidad,
como si alguien sujetase tus pies al suelo.
La falta de defensas es una mierda
que inventaron unos señores que comercializan yogures bebibles.
Y que compras para que no se te resfríe el niño
que juega al balón en plena calle un día de invierno.
O eso quieren vender.
Y venden.
La falta de defensas es un estado emocional.
Es una pausa sin posibilidad de continuar,
a no ser que se abandone el letargo.
Que está muy bien hibernar de vez en cuando,
pero también ver el sol.
Y es ahí cuando se recupera todo,
cuando los minutos necesarios de sol tocan tu piel,
pero sin traspasar el SPF,
que quemarse es otro asunto que ya no depende tanto de ti.
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