Supo que era él cuando comprobó que encajaba perfectamente en sus clavículas y que solo sus manos frías le devolvían el calor.
Él se acomodó en su mirada, bajando de vez en cuando hasta su sonrisa. Justo para hacer que sus ojos volviesen a brillar.
Y así, poco a poco, supieron que aquello sería para siempre.
Porque cuando se consigue encajar no hay nada que divida la pieza.
Y esta ya estaba demasiado pegada como para soltarse.
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