Estuve planeando el próximo reencuentro al detalle para que nada pudiera salir mal: el viaje, los regalos, las palabras.
Menos mal que sólo lo planee en mi cabeza, que nunca llegué a decirle a nadie de mis intenciones a corto plazo.
Imagínate, tener que volver a decir que me la has vuelto a jugar, que si un día te desvivías por verme se te olvidó de repente. Que te estabas volviendo a ilusionar con alguien que, obviamente, no era yo.
Qué dolor de corazón.
Qué dolor de orgullo.
Qué imbecilidad.
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