Echando la vista atrás, me he dado cuenta de que tengo un imán para los capullos. Capullos que, con el tiempo, han vuelto a pedirme perdón. En parte arrepentidos, pero principalmente motivados por las ganas de retomar las cosas.
Capullos con los que, lamentablemente, alguna vez recaí. Y los mismos capullos con los que espero no recaer más.
Pero, a pesar de tanta flor en mal estado, no me da miedo volver a tropezar con otro capullo. Es más, eso es algo que tengo asumido que volverá a pasar. Y que salir corriendo no es la mejor opción.
Hay que enfrentarse a los capullos, que algún día acabarán siendo flores con alguien. Todos somos el capullo de alguien, aunque pensemos que no.
Eso sí, no repitas de capullo y date cuenta, cuanto antes mejor, que ahí no hay nada que sacar. Ve de flor en flor hasta encontrar la tuya. Sin prisa, sin pausa, pero sin miedo.
Jamás dejes que un capullo deje huella en ti más allá de una estación. Como con la llegada de la primavera, siempre habrá nuevas flores. Aunque a veces les cueste un poco más llegar.
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