Las nubes sabían que venías, porque se pusieron rosas. Les subiste los colores. Naciste para revolucionarlo todo y a mí me traías loca.
Tú que no te creías nada ni creías en nada. Te cegabas, apretabas tan fuerte los ojos para no ver que hasta estuve a punto de darte por imposible. Pero había algo que no me dejaba abandonar. Creo que eras tú que, a tu manera, me decías que no estaba equivocada. Que todo era recíproco, que desde tu ceguera ficticia también creías en nosotros.
Tú y todo el mundo. Perdí la cuenta de las veces que la gente me hablaba de ti, que a su manera también creía en nosotros y puede que eso ayudara a que no tirase la toalla. Ellos me ayudaban a agarrarla incluso cuando ya no tenía fuerza. Me daban una palmadita cuando no podía ni levantarme, me daban impulso con sus palabras.
Esas palabras que tanto dolieron, que tanto creí yo venían solo a doler. Con lo fácil que era todo y lo difícil que parecía. Con todas esas nubes negras. Las mismas que hoy se tiñen de rosa, de risa y dicen que, cuando te quedes, se van. Que vas a hacerles el relevo porque contigo nunca habrá más temporales.
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