sábado, 2 de abril de 2016

La mujer mayúscula y el mar

Anoche fuimos a ver a La Santa. No recuerdo cuánto hace de la última vez pero sí que hacía demasiado. Incluso ella misma reconoció que hacía años que no nos tocaba porque la última vez que lo hizo acabó cantándole a tres señoras de edad avanzada que pasaban por ahí. Las señoras mayores y los carteles de gratis (y ahí lo dejo que eso da para tres tesis doctorales. O más). Así que, como yo ya estaba musicalmente conquistada y Santa me había arañado más de la cuenta, no podía dejar de ir.

Salió sola a cantarnos Interior noche, después de uno de esos monólogos que parece que has escrito tú. Que hablan de desaparecer de repente, de que te llamo y veo tu última conexión pero yo estoy tan bien que acabó llamándote a las mil cuando el alcohol ya no me deja ser yo (Vamos, yo el año pasado). Siguieron El frío, Oh, Salvaje y El lugar donde viene a morir el amor. Y joder, mis pelos ya no eran escarpias, eran agujas. 

  

Después prometió no cantar ya nada triste y pasó a deleitarnos con todas sus canciones para mover el culo y sus bailes imposibles. Entre el repaso a La pareja tóxica y La fabulosa historia de eché de menos Merezco, que últimamente también me representa mucho. Con las ganas no tanto que no estoy para esos niveles dramáticos y no morir en el intento.

De aquel lugar y aquella experiencia quasireligiosa, salimos sabiendo porqué Yola mola mil, quiénes eran los feriantes entre los que bailaba Like a virgin y cómo y porqué había surgido la genial Caída libre. Sin olvidar sus geniales versiones. Aunque esta vez por mucho que dijera que iba a proceder a deleitarnos con Concha Velasco y acabase siendo You're the one that I want, volvió a mentir. Y a regalarnos una preciosa Te debo un baile antes de Leñador y la Mujer América. Y a rematar con Xoel y su el amor no es lo que piensas. También se lanzó a bailar entre los feriantes que le aplaudíamos a la vez que flipábamos muy fuerte. 

Grandérrima toda ella.

Solo me queda añadir, Hágase tu voluntad.




Cruzaré la puerta sin mirar atrás, tampoco esperarán.
No me abandonarán, si me he marchado;
no romperán mi corazón, si lo he arrancado. 
Llenaré de gracia el último aliento,
llevaré mi suerte a otro lugar.
El Don es saber que no es un lamento,  
ni me consolará.  

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