Como siempre me pillabas de imprevisto, opté por escribir todo lo que quería decirte. Por eso y porque al final siempre acababa olvidándome de la mitad de las cosas. Y porque te conocía muy bien, como si te hubiera parido -que diría mi madre-, que eso también influía.
Tecleaba, leía y releía. Cambiaba las palabras y alteraba el orden de las frases para que sonase justo como debían sonar y no diesen lugar a ninguna interpretación que se escapara de mi control.
Y ahí es donde se acababa mi control de las cosas, el autocontrol de la nada que hacía que, aún teniéndolo previsto, acabara olvidándome de algo.
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